Empiezo a plantearme seriamente dejar la universidad.
Acaban de notificarme que acabo de quedar segundo en una plaza de Ayudante. Era mi oportunidad de volver a la ciudad en la que quiero vivir, salir de un lugar en el que no quiero vivir e incorporarme a un departamente activo en términos de investigación.
Inicié mi carrera investigadora hace años. Escogí director de tesis sin saber mucho lo que hacía. No era consciente de que ese hombre no buscaba personas que pensaran, que tuvieran sus propias ideas. Él sólo esperaba que los becarios le hiciéramos el trabajo que a él no le daba tiempo a hacer. Daba igual si habías descubierto El Dorado, que si él no lo tenía en su lista de tareas pendientes tenías que dejarlo atrás. En esa situación, toda mi línea de investigación apuntaba a que el modelo que acababa de publicar era más falso que una moneda de tres euros.
Se convocó una plaza de Ayudante en mi universidad. Se la dieron a la becaria obediente de mi director. El baremo se aplicó del siguiente modo: garantízese que el candidato que se quiere colocar es superior en, al menos, una característica con respecto al resto de candidatos tomados de uno en uno. Así se garantizaban poder hacer pasar la decisión por justa. Dos frases servirán para describir a esa mujer: "yo es que no creo en las correlaciones" y "yo pienso que mi lógica es superlógica". Todavía no se le conoce artículo alguno en una revista con índice de impacto, aunque sea española.
Viendo el panorama, decidí cambiar de director. Varios años perdidos. Empiezo en otro grupo de investigación. Se convocan algunas plazas más, en otras universidades. Una la obtiene una mujer con un currículum brillantísimo. Otra, una mujer de quien jamás había oído hablar, no la había visto en ningún congreso nacional ni he sido capaz de encontrar en mi vida artículo alguno escrito por ella. En todos los casos, las plazas las obtienen personas ya vinculadas a la universidad convocante.
Como becario, tengo claro que para colocarme es necesario que investigue, que publique, que me lleve bien con la gente del departamento y que espere el milagro. El siguiente paso es la plaza de Ayudante. Voy consiguiendo mis pequeños logros. No soy el más brillante de los investigadores, pero tampoco malo. Publico más y en mejores medios que una amplia mayoría del personal funcionario de mi área de conocimiento.
Sale una plaza en otra Comunidad. Pese a haber candidata interna, la consigo yo. El catedrático del área estaba demasiado harto de meter a gente de perfil bajo y, sobre todo, de que pasado el tiempo acabaran rebelándosele. Cambio de ciudad, marcho a una facultad donde no conozco a nadie, donde nadie cuenta conmigo para nada, donde el nivel de investigación, al menos en lo mío, es muchísimo peor. Cuento con poder volver en algún momento. Ser Ayudante suma puntos para poder conseguir un contrato en otra universidad. Mi currículum va mejorando. Si espero, saldrá una plaza y podré hacerme con ella. Conozco más o menos a las personas que vienen por detrás de mí, pocos se dedican a algo parecido a lo que me dedico yo. Creo que no tendría que haber mucho problema.
Pasa un curso. Se convoca una plaza. No en la universidad en la que me formé, pero me interesaría conseguirla. Ha cambiado la ley. Ahora me dicen que los criterios han cambiado. Ahora, para ser Ayudante, no hay que haber investigado mucho, haber tenido estancias, haber publicado. Da igual si como becario te han dado premios de investigación. Casi todo da igual. En el baremo, el criterio básico es la nota media del expediente. Todo mi diseño de vida, de carrera, se va al carajo porque pasa a ser un mérito residual el publicar en revistas donde jamás ha publicado casi nadie del tribunal.
Podría ser peor. Si hubiera empezado el doctorado un año más tarde, podría haberme pasado un años con una beca de miseria, cuatro años con una beca digna, otro años con una beca de salario mínimo, a la espera de la plaza que nunca llega... para que me dijeran que lo de los últimos seis años no servía para nada. Que mi suerte había sido echada al acabar la carrera.
Parece que me toca quedarme donde estoy. Unos cuantos años tengo garantizado el contrato. Más adelante, nadie sabe nada. La Vicerrectora de Personal te dice claramente, a la cara, que tu excelencia docente o investigadora es trivial a la hora de que salga una plaza para el siguiente nivel, Ayudante Doctor. Uno puede ir lanzado al Nobel y ser el profesor popular de la facultad y verse en la calle.
Mientras, gente que jamás aparecerá en las bases de datos de publicaciones seguirá consiguiendo plazas. Mientras, será complicadísimo para un joven investigador hacerse un plan de vida, porque las reglas del juego podrán cambiar en cualquier momento.
Estoy cansado. Cansado de sentir que el control sobre mi propia vida es menor del que podría conseguir en una empresa. Sí, sé que en una empresa la vida no es maravillosa, que los despidos son baratos. Cansado de sentir que cuanto más tiempo me quedo en la universidad, más complicado me resultará salir, porque mi formación es muy específica y no especialmente valorada fuera de este ámbito. Cansado de sentir que lo que hago en la universidad no sirve para básicamente nada. No nos engañemos: una parte importantísima de la investigación que se hace en este país es trivial, sin más función que engordar el currículum y mantener la máquina rodando.
P.S.: Quizá sea que soy un histérico blandito y que mañana todo volverá a la normalidad.